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Cada vez que leas esto, tenes que acordarte que Maca te ama :)
Porque soy de quienes viven momento a momento, y les queda
solo el recuerdo de lo que sintieron. Porque soy de lxs que viven en las nubes.
Porque soy capaz de olvidarme muchísimas cosas. De esto no me quiero olvidar.
De él no me quiero olvidar.
Viví muchísimas cosas. Tuve miles de experiencias con miles
de personas distintas. Pero nada se compara a esto. Conocí a alguien que me
hizo conocerme más a mi.
Conocí a un Martín. Que era la antítesis de un Tincho.
Conocí a quien me hizo conocerme más a mi. No lo amé a él. Me amé a mi en el
poco tiempo que pasé con él. Y eso no lo vivía hacía mucho tiempo.
Me conozco, y sé que a veces perduran más en mi memoria los
sentimientos que los detalles. Pero en esta ocasión importan hasta los
detalles. Porque no son cosa menor. Y porque esos detalles, el día que vuelva a
leer estas líneas, no solo me van a conectar con él, sino también conmigo,
cuando estuve con él.
Nuestro primer encuentro fue tan casual que asusta. Dependió
de tantas cosas, que me hace creer en la suerte, y a él en el destino. Pero al
fin y al cabo fue. Y fuimos. Desde una promo, una amiga, hasta la
predisposición a un masajistx mujer u hombre y los horarios.
Y ahí terminé yo, en un turno de 60 minutos de masajes con
Martín.
Para resumir, la mitad de mi estaba relajada por su talento
y belleza; mi otra mitad haciendo el mayor esfuerzo posible para controlar esos
impulsos que te hacen dejarte llevar con otra persona. Y sólo me dejé llevar
(hasta lo que pude) por esos segundos impulsos de control, sólo por el lugar en
donde se hubiera dado lo que fuese: su lugar de trabajo.
Sin embargo, y no
podía ser menos, una vez que terminó el turno no dudé en confesarle a mi amiga
y compañera suya de trabajo, que me voló la cabeza ese ser. Tan compinche Majo,
al punto que con el consentimiento del flaco, me pasó su número.
Sí. Claramente le hable. Y fue más fácil arreglar para
vernos, que obedecer esas alarmas que me exigen levantarme a las 7am.
Fuimos a una cervecería. El me vio entrar; yo no lo vi al
llegar. Fui al baño, y cuando volvía me lo cruce en las escaleras. Había
perdido plata, y tenía que ir a su casa a buscar más. Fuimos en mi auto.
Volvimos a la cervecería. No comimos. Hablamos y tomamos. Nos conocimos lo
necesario como para saber que íbamos a vernos cada vez que nos fuese posible.
Nos vinimos al departamento. Lo fuimos todo. Me abrí a él, y
él me mostró partes de mí que ni yo conocía. Descubriéndolo a él, me redescubrí
a mí misma. Yo me conocía? Sí. Y él parecía conocerme incluso mejor que yo
misma. Me iba redescubriendo. Miedo? Apenas. Fascinación? Muchísima. Y por
sobre todo, plenitud. Me sentí en confianza, me sentí cómoda, me sentí plena.
Me dio lo mejor que una persona le puede brindar a otra. El espacio y la
confianza para que uno sea quien realmente es, o que se descubra.
Martín me hizo reconocerme, y me hizo conocer nuevas partes
en mí misma.
Después del primer encuentro volvimos a vernos en lo de mi
tía. Perdía la noción del tiempo. No me importaba nada mas que lo que éramos en
ese momento. No me importaba nada más que lo que era yo cuando estaba con él.
Ojala hubiésemos sido eternos.
Nos vimos de nuevo en lo de mi tía, sólo que esta vez también
estuvieron presentes mi prima y mi hermano. Y él supo como ser uno mas de
nosotros. Así de simple. Y nos fuimos, y supo reencontrar su lugar siendo la
persona a quien yo había invitado a pasar las mejores noches de mi vida (se lo
hice saber cada vez que pude. Merecía
saber que yo había conocido un universo nuevo con él)
Y la última vez que lo vi fue esa que el llamó “la despedida”.
Me hubiera gustado darle todo. Siempre supe que él no necesitaba mas que unas
birras, y verme. Pero lo mejor que se me ocurrió en mi improvisación fue sushi
y birras. Él feliz, y recalcándome que no era necesario. Yo en cambio, pensando
que jamás sería capaz de retribuirle ni la mitad de lo que fue para mí. Sin
embargo, llegó en su bici, estuvimos, tomamos, charlamos, tomamos de nuevo, nos
disfrutamos, cenamos, tomamos otra vez, bailamos,
volvimos a estar. Y se fue.
Es un ser tan bello, tan él, que no le costó ni la
despedida, ni crear ese contexto ideal, casi de película en el que se llevó a
cabo esa despedida en el hall del edificio. Yo en cambio no sabía que decirle.
Será que no soy buena para las despedidas. Será que no sé despedirme. Será que
tengo la esperanza de verlo de nuevo incluso. Se dé o no, pero tengo el plan de
sorprenderlo una última vez.
En fin. Me dijo cosas que ya me olvidé. Pero tenían que ver
con el placer que fue conocernos, con lo bien que compatibilizábamos, con lo
lindo que era compartir tiempo, todo. Y al mismo tiempo me duele no acordarme
específicamente de nada. Cómo me hubiera gustado grabar sus palabras. Porque lo
que me queda es lo bien que me hacían sentir todas esas palabras.
Y también me queda el saber que no debo haberle dicho ni la
mitad de lo que sentí en ese momento, mientras él supo como abrirse y
despedirse por completo. Yo mientras tanto estoy acá con un nudo en la
garganta.
Será que no me gusta despedirme porque no sé como hacerlo?
Ojalá le hubiera podido decir todo lo que siento. Pero no fue así. Y tampoco
importa, porque sé que el llegó a sentirlo, sin necesidad de palabras que se lo
confirmen. Y ése es el tipo de personas que pediría a la vida cruzarme el resto
de mi vida. Esas con las que lo importante está en lo que sinceramente
sentimos.
Una vez, incluso conociéndolo poco y arriesgándome a que se
ofenda, le confesé que él era de los conceptos mas lindos de mi vida. Él era un
concepto vuelto realidad. Y tal vez en ese marco conceptual yo podré encontrar
muchos en los años que me quedan de vida; ojalá así sea. Pero el siempre iba a
ser el primero. El pionero de todo eso que me hizo sentir.
Siempre va a ser la primera persona con la que pude
compartir más que un encuentro sexual. El por siempre va a ser la persona con
la que no sólo pude explayar mi libertad, sino con quien incluso también pude
conocerme más a mi misma. Y voy a estar agradecida eternamente. Ésa es la razón
por la que me aterra olvidarme de él.
Siento que si me olvido de quién fue él, me voy a olvidar de
quién fui yo estando con él. Y yo estando con él me sentí tan plena en todo
sentido por primera vez en mi vida, que no me quiero olvidar nunca más.
El es una persona. Pero también es una persona en mi vida.
Incluso es un concepto en mi vida. Y por ende va a ser por siempre, un
aprendizaje en mi vida.
Mi mayor deseo para con él fue que ojalá de todo esto, el
sacara o disfrutara al menos un cuarto de lo que disfruté yo con él. Y se que
lo hizo. Pero es un deseo desde un lugar tan profundo en mi corazón que ojalá
haya sido así de importante.
Ojalá todos se crucen con un Martín en sus vidas. Ojalá
conozcan esos ojos sinceros. Esos oídos pacientes. Esas palabras compañeras.
Esos labios apasionados. Esas manos curiosas. Ese corazón empático. Incluso aunque
no lleguen a sentir jamás la conexión que yo tuve con él, se las deseo. Porque esas cosas te marcan. Te hacen
conocerte más a vos mismx. Y te hacen tener la esperanza de seguir conociendo
personas realmente hermosas.
No le saqué ni una sola foto. Con lo que me gusta sacarle
fotos a las personas…
Me deseo a mi misma, recordar por siempre todo aquello que
me quedó grabado de él en lo más profundo de la retina, el aprendizaje y el
corazón.